Sobre la anormalidad en XXY, de Lucía Puenzo

Llevo ocho años usando la película XXY, de Lucía Puenzo, una historia sobre una niña/niño intersexual como lo que el antropólogo Clifford Geertz desarrolla en “El sentido común como sistema cultural”, un capítulo de su libro Conocimiento local (Gedisa).

Geertz se vale de las reacciones de tres culturas (la navajo, la pokot y la estadounidense) para ejemplificar cómo el sentido común –esa forma de conocimiento inmediata y práctica con la que hacemos la vida– es también una interpretación cultural: para los primeros es una bendición, para los segundos, un error, y para los terceros (o nosotros), un horror.

Entonces le pido a mis alumnos que vean la película y les pregunto: ¿qué es lo que todos los personajes tienen en común?

Entre las respuestas siempre hay algunos que dicen que cada quien ve las cosas de acuerdo a su manera. No es extraño, sobre todo en una sociedad que sostiene que el individuo es la medida de todas las cosas. “Cada quien tiene su sentido común”, suelen decirme. “Cada cabeza es un mundo”.

(Mi colega Héctor Robledo suele decir que el curso completo de Conocimiento y cultura podría definirse como una forma de cuestionar esta idea. Claro, es psicólogo social, y eso le interesa).

Pero lo interesante del planteamiento de Geertz es que precisamente muestra cómo la cultura, como una forma de interpretación del mundo, opera como un mecanismo colectivo: ninguno de los personajes de la película XXY puede sustraerse a una visión del mundo que divide tajantemente a los seres humanos en hombres/mujeres.

“¿Qué eres? ¿Hombre o mujer?”, pregunta Álvaro en un momento de la película. “Soy las dos cosas”, responde Alex. “Eso no puede ser”. Y Alex: “¿Vos me vas a decir a mi lo que puede ser o no?”

Todos (incluido Alex) interpretan su realidad biológica desde esos anteojos que los hacen ver la realidad de una manera determinada. Parece natural, obvio, transparente que así es el mundo.

Mariana Vigil, una excelente alumna, escribió esto en su blog:

Por su naturaleza el ser humano tiene que encasillar. A nivel de supervivencia eso es lo que nos programaron para hacer. “Los canadienses son amables, los franceses enojones, los indios nerds, si un perro ladra es por que muerde, etc” Ese es el tipo de cosas que hace que tengamos un sentido general de las cosas. En un principio esto se utilizaba para que no nos comieran los leones, pero ahora forma parte de nuestra percepción del mundo.

El problema con estos prejuicios es que aparentemente nos dan “un sentido general de las cosas”, pero en realidad no son más que “un sentido general de nuestros prejuicios”.

El círculo es perfecto: una forma de pensar la realidad que termina sustituyéndola sin que nos demos cuenta. Confundimos la interpretación de la realidad con la realidad. (A esto es a lo que se refiere Geertz cuando habla de la naturalidad del sentido común: que impone un aire de obviedad sobre las cosas que esconde nuestra participación en esa interpretación).

Lo normal

La categoría de normalidad es una de las más comunes (ya iba a escribir normales, jaja) cuando discutimos estos temas. Que si es Alex es normal, que si la intersexualidad es una anormalidad.  Mucha veces, mis alumnos ni siquiera se dan cuenta de que la raíz de la palabra es norma. ¿En qué momento convertimos un concepto legal en una categoría para describir el mundo? ¿Qué clase de inversión epistemológica ha operado en nuestra cultura para que en lugar de intentar comprender lo que nos sucede terminémonos preguntándonos si esto nos debería suceder? (Ojo, no es lo mismo común que normal).

Un navajo o un pokot se botaría de la risa al darse cuenta de que nosotros creemos que los intersexuales son anormales. ¿Anormal? ¿Quién estableció esa norma? ¿Y según qué parámetros? ¿Y por qué? ¿Y quién lo autorizó? ¿Y quién es el encargado de vigilar que los individuos no la brinquemos y de castigar a los que la transgredan?

Vivimos en una cultura obsesionada por la normalidad, que es la categoría desde la que pensamos todo: desde las reacciones de nuestros bebés, los berrinches de nuestros hijos, el tamaño de nuestros penes o tetas, la naturaleza de nuestros deseos, nuestras reacciones fisiológicas o las formas de vestir.

Basta buscar “es normal” en Google para sorprenderse con lo que el sistema sugiere para autocompletar…

es normal
No hay que olvidar que Google hace estas sugerencias basado en algoritmos que procesan la frecuencia de las búsquedas más comunes.

Para aquellos interesados en este asunto de la normaidad y de la invención y uso de esta categoría para la clasificación social, recomiendo la obra del Michel Foucault. Este filósofo estudió cómo se crearon las grandes figuras de “los anormales” por parte de la ciencia médica (de la que la psicología es heredera): los locos, los enfermos, los onanistas, los homosexuales, etc.

Por aquí pueden encontrar sus conferencias en el Colege de France 1974-1975, publicadas en un libro que lleva por título precisamente, Los anormales.

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