Una caminata, cinco problemas epistemológicos

Les dije:

–Vamos a caminar. Abran sus sentidos y usen sus celulares para documentar lo que les llame la atención.

–¿Como una deriva? –preguntó Zoe. Y yo dije sí, como una deriva. Y luego explicaron qué era eso. Caminar, pues.

El objetivo era llegar a la esquina de López Mateos y Periférico, justo al otro lado de la esquina en la que está situado el ITESO. Pero el objetivo, en realidad, era hacer un ejercicio práctico que mostrara cómo la experiencia es una fuente de conocimiento, como nos han enseñado los antropólogos.

caminata iteso
Del ITESO a la contraesquina.

Los alumnos han empezado a publicar sus crónicas, con sus reflexiones, en sus propios blogs, que son agregados automáticamente en el portal de nuestro curso. Sus crónicas me han hecho pensar en algunas cosas.

La incomodidad

Hacia calor, había polvo, era medio día, no tenían los zapatos adecuados. Extraordinaria oportunidad para pensar en cómo nuestro cuerpo y los afectos  son la puerta de entrada a la experiencia de aprendizaje. Adalid, por ejemplo, dice que se sintió “afortunado” por no tener que pasar por esas cosas cotidianamente. ¿No podría ser al revés? ¿Que las cosas que nos protegen de lo incómodo, más que algo “afortunado”, sean una desgracia?

Pienso en lo que decía mi maestro Pedro de Velasco. Vivimos en una cultura que sistemáticamente quiere negar o abolir las partes incómodas de la experiencia: Vamos a hoteles de playa, pero preferimos la alberca al mar, porque la arena pica. Nos asoleamos, pero no queremos quemarnos. Queremos café, pero sin cafeína; leche, pero sin lactosa; coca light, postres sin azúcar, crema descremada y mantequilla baja en grasa.

Como “El suicida”, ese poema incluído en Odio fonky, de Jaime López y José Manuel Aguilera y que se puede escuchar aquí:

Las navajas sí, pero hieren.
Los ríos sí, pero mojan.
Los ácidos sí, pero manchan.
Las drogas sí, pero entumen.
Las pistolas son ilícitas.
Con la horca una saca la lengua.
El gas sí, pero huele feo.
Mejor hacerse a la idea de… vivir.

La experiencia del tiempo

Lo que en coche toma dos minutos, a nosotros nos llevó 50. Hemos creído que es mejor lo rápido que lo lento, lo productivo que lo inútil, la línea recta en lugar del rodeo. El problema es que, como vamos muy aprisa, nunca nos rinde el tiempo. Una de mis mejores decisiones, que a veces ha supuesto un freno natural en épocas de mucho trabajo, ha sido ir a trabajar en transporte público. Olvídense de los argumentos ambientales (por el momento): es una maravilla para vivir con más pausa. Tengo una hora, aproximadamente, para oír música, podcasts o leer tranquilamente, mientras los pobres automovilistas van histéricos, maquillándose o desayunando en los semáforos o tocando el claxon a las ancianas en andadera.

¿Qué efectos epistemológicos tiene la velocidad?

Tres recomendaciones:

  • La velocidad de las bicicletas, de Pablo Fernández Christlieb, que algunos ya leyeron la semana pasada.
  • Notas sobre los enfermos de velocidad, Vivian Abenshushan.
  • Tiempos modernos, de Charles Chaplin:

Los conflictos de clase

Veinte jóvenes fresas caminando a medio día por el periférico llaman la atención. Y si luego se ponen a hablar bajo la sombra de un árbol bajo la conducción de un tipo barbado que mide casi dos metros y que parece gringo, resulta aún más extraño. Curiosa forma de evidenciar cómo los espacios urbanos están parcelados según categorías de clase. Hay lugares para pobres (las cunetas sin banqueta del periférico); hay lugares para ricos (las calles de Paseos del Sol o Colinas de San Javier). Si eres rico y caminas por la cuneta, los automovilistas se te quedan viendo y algún imbécil te chifla. Si eres pobre y vas por una zona nice, la policía te detiene para hacerte una “revisión de rutina”. (O un guardia privado que trabaja cuidando un coto te impide entrar o te ficha como si fueras Bin Laden).

Recomiendo mucho leer Ilusiones de la ciudad dividida, de Adolfo Peña Iguarán.

Lo que no se ve, no existe

Otra reflexión común que la caminata permitió ver espacios y situaciones que antes pasaban desapercibidas. Muchos no sabían que a doscientos metros de su universidad corre un río de aguas negras, sencillamente porque no habían tenido que olerlo. Otros no habían experimentado la vulnerabilidad que experimentan cientos de obreros de la zona (por ahí están las fábricas de Coca Cola y Tequila Cuervo) cuando tienen que cambiar de autobús entre periférico y López Mateos.

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Se aprende con el cuerpo

Marimar, por ejemplo, quedó tan impactada que investigó por su cuenta hasta dar con un nota periodística que asegura que este crucero es el más peligroso de la ciudad.

Ya decíamos: nuestros coches y rutinas no sólo nos permiten ir más cómodos, sino que nos impiden percibir las situaciones que experimentan la mayoría de las personas.

La infraestructura urbana

Es evidente que estos espacios han sido construidos para el auto. No sólo por la extensión, sino por algunos detalles muy chuscos. Por ejemplo: es evidente que la persona que “diseñó” esta ciclopista no ha usado una bici en su vida. (Al menos, claro, de que yo no sea capaz de reconocer sus dotes para inventar deportes extremos en beneficio de la salud de la población general).

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Como dijo alguna vez el urbanista Rodrigo Díaz, estas cosas se supone que las diseñó un profesional, alguien que pasó por la universidad.
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Me pregunto qué pasaría si este cascajo estuviera a media avenida.
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Preciosa banqueta invadida por un coche.

Todo esto me recordó el gran video de Rodrigo Díaz (@pedestre) sobre las peores soluciones urbanísticas para los peatones:

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2 Comments

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  1. El antisocial en su celular.

    • Y sin desviarme del tema, a mi me pareció bastante interesante todo el tema de las clases sociales con la movilidad. Y como eso habla totalmente de la educación y la separación de clases en cada país. Mientras en Suecia los mismo miembros del parlamento llegan en bicicleta a su trabajo, los mexicanos jamás han pisado la banqueta por donde pasa todo la gente a la que se representan.

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